Hace unos días, mientras se celebraba el primer aniversario del 15M, vi en el muro de un amigo esta fotografía. Me gustó y la compartí en mis redes.
En 1929 se suicidaban banqueros. En 2012, jubilados.
Hace un par de años escribí un polémico post en el que hablaba de como algunos vivíamos en una torre de márfil ajenos al mundo que se derrumbaba a nuestro alrededor. Dos años después, y ahora que estoy en el otro lado, el de los parados que ni siquiera tenemos la oportunidad de hacer una mísera entrevista de trabajo, sigo pensando lo mismo. Se pueden hacer muchos matices, pero esta crisis económica dista mucho de ser global. Es más bien una crisis de “todo o nada”: o te alcanza de lleno o más o menos la sobrellevas sin enterarte. Si yo hubiera tenido la suerte de otros compañeros de trabajo y me hubieran renovado en mi puesto, supongo que habría seguido con mi vida habitual sin demasiados problemas. Quizás un recorte de sueldo, quizás habría que apretarse el cinturón… pero mis rutinas básicas no se verían muy afectadas. Al fin y al cabo, a nuestra generación nos enseñaron que el sistema funcionaba así: estudiabas para sacarte un título, comenzabas a trabajar e ibas ascendiendo para forjarte una carrera profesional, ahorrabas para hipotecarte, te casabas para tener una familia… Era el círculo de la vida y nadie nos dijo que era un espejismo hasta que algunos descubrimos que en el horizonte no había palmeras y manantiales, sino arena y agua sucia.
Pero en realidad, los que hemos sido expulsados del paraíso seguimos siendo minoría. La mayoría sigue estando dentro de ese círculo vital que empieza a parecerse a uno de los infiernos de Dante y por el que van a luchar con uñas y dientes. Nadie quiere ser un perdedor y si para que el sistema siga funcionando hay que asumir recortes de todo tipo, dejar de ver las noticias y seguir creyendo que la prima de riesgo es algo que no afecta a nuestra vida cotidiana, se hace sin problemas. Los que ya hemos perdido, de momento, intentamos volver a participar en ese juego. Podemos estar indignados, pero tenemos demasiado interiorizado el funcionamiento del sistema. Pero, ¿qué haremos cuando lleguemos a la conclusión de que, simplemente, sobramos?
Cuando murió mi abuela, tuvimos que recoger el piso en el que había vivido durante décadas con mi abuelo. Mi madre y sus hermanas se repartieron libros, muebles, alguna antigua joya y otros recuerdos. Los nietos también elegimos algunas cosas. Una prima se quedó con un par de cuadros que mi abuela había pintado en su adolescencia, mi hermano tiene en su piso la placa con el escudo de la familia y yo me quedé con este cuadro.
Es la ampliación enmarcada de una postal del RMS Majestic. Bautizado como Bismarck, este barco fue construido entre 1913 y 1914 en los astilleros Blohm & Voss, situados en la isla Kuhwerder, cerca de la ciudad alemana de Hamburgo. El estallido de la primera guerra mundial hizo que los trabajos de construcción se detuvieran y, al finalizar la contienda, el tratado de Versalles estableció que las autoridades germanas debían de entregar éste y otros barcos al Reino Unido como compensación por el hundimiento del HMHS Britannic. La transferencia se hizo finalmente en 1922 pasando a ser propiedad de la compañía White Star, la naviera propietaria del legendario Titanic. Rebautizado como RMS Majestic, hizo su primer viaje el 12 de mayo de 1922 yendo desde Southampton hasta Nueva York con escala en Cheburgo. Pronto se convirtió en una de las naves más populares del momento, transportando a miles de pasajeros de una orilla a otra del Atlántico. Con más de 290 metros de eslora, fue el barco de pasajeros más grande del mundo hasta 1935, cuando fue superado por el francés SS Normandie. Por entonces, los días de gloria del Majestic ya habían quedado atrás, principalmente como consecuencia de la Gran Depresión y la decadencias de esta forma lujosa de viajar. Un año después, en 1936, sería vendido a la Marina británica, quien lo convertiría en un barco de entrenamiento para cadetes con el nombre de HMS Caledonia, misión que cumplió hasta que el 29 de septiembre de 1939 un cortocircuito provocó un incendio a borde, hundiendo a la nave en los muelles de la localidad escocesa de Rosyth. En 1943 fue reflotado y desguazado para chatarra, poniendo fin a una época de la historia de la navegación.
Ésta es la historia del Majestic, pero un barco con capacidad para transportar a 2.145 pasajeros ha tenido que ser testigo de muchas pequeñas historias. Una de ellas tuvo lugar cerca del año 1924, cuando mi abuela, acompañada de sus padres y sus dos hermanas subió a bordo en el puerto de Nueva York. Ella debía de tener unos seis años y hasta entonces apenas habría salido del pequeño pueblo de Nuevo México en el que nació. En menos de una semana, el Majestic la llevó al Viejo Mundo, la tierra donde estaban sus raíces. Cuando veo la foto, no puedo dejar de imaginar a esa niña aventurera corriendo por la cubierta del barco, en medio de la inmensidad azul del océano, y sonrío.
A finales del siglo pasado, el que escribe estas líneas consiguió uno de sus mayores éxitos profesionales al ser admitido como becario en Canal 4 Navarra, la televisión local de Pamplona. Por 10.000 pesetas al mes (que a veces tenía que mendigarle al cajero pagador), trabajaba todas las mañanas para los servicios informativos. Y una vez al mes, también los fines de semana, en los que me mandaban a hacer reportajes de temas tan apasionantes como el mercadillo de los domingos en Landaben.
Y yo sin darme cuenta de que me había inventado “Callejeros”. Así queda inaugurado mi nuevo canal de Youtube.
Internet nos ha convertido en una sociedad donde todos estamos sumergidos en una permanente conversación. Hablamos por el móvil, hablamos por tweets, hablamos por estados de facebook, hablamos por sms y whatsapps, hablamos por comentarios en blogs, hablamos por noticias que compartimos en Meneame, nos pasamos el día “hablando”. Las redes sociales son como una inmersa conversación de bar donde cabe todo y cabemos todos. Y sin habernos dado cuenta, todo ha cambiado con ellas.
Hace veinte o quince años, las conversaciones de bar se quedaban en el bar, entre cañas y cigarrillos. Y además, había temas de los que no se podía hablar, opiniones que si se expresaban en voz alta no eran tomadas en serio y asuntos que a nadie parecían interesar. Internet lo revolucionó todo: el aficionado a aquel cantante minoritario/tebeo de culto/director desconocido/música de Islandia/festivales de Eurovisión/fetiche sexual incofensable pudo encontrar a otros aficionados como él y sentirse un poco menos solo en el mundo. En nuestros días hay que ser muy raro para ser un bicho raro en la red de redes.
Y esto pasa también con las ideas. Lo que se llama opinión pública es mucho más pública que antes. Al fin y al cabo, antes la opinión pública era, más bien, opinión publicada. Sólo existía si llegaba a los medios de comunicación. Si estos no se hacían eco de un pensamiento, de una tendencia, de una idea, era como si en la práctica estos no existieran. Ahora no, ahora uno puede opinar de lo que quiera y, de repente, terminar convertido en Trending Topic. Antes, oficialmente, en este país ser republicano era una rareza: no éramos especialmente monárquicos, pero en la prensa se nos definía como “juancarlistas”. Ahora, tweet a tweet, comentario a comentario, nadie se calla a la hora de criticar a la Corona o de defender la posibilidad de que España sea una república. O de ridiculizar a una empresa de lujo que se pone los bolsos en la cabeza. O de hacer triunfar una canción en portugués porque la baila un futbolista millonario. O de indignarse y acampar en una plaza pública. No es que Twitter y compañía sean un Gran Hermano que todo vigila y todo lo magnifica, es que los tweets se han convertido en la descripción, en tiempo real, de nuestro inconsciente colectivo. Jung estaría encantado.
Con unas cañas y unos platos de jamón y chorizo en el bar de la esquina se terminó mi curso del Inem. Y yo tuve la sensación de que mi período de adaptación a la vida de parado se había acabado con él. Comienza ahora el segundo tiempo. Ahora es cuando hay que sacar la artillería pesada, poner toda la carne en el asador, jugarse el todo por el todo, esforzarse un 200%, definir objetivos para alcanzarlos…
Pero antes me fui de puente a Pamplona. Mi madre había comprado camas nuevas para que Diego pueda dormir en mi cuarto cuando subimos a Pamplona y había que estrenarlas. No haber ido hubiera sido como que se derrumbara el muro de Berlín y nadie cruzara la frontera. El día del trabajo (juas) subimos al Pirineo. Más nieve que en invierno y las estaciones de esquí cerradas. El río crecido, corrientes de agua cayendo por las paredes de las montañas, campos verdes y potrillos recién nacidos aprendiendo a trotar. Dan ganas de comprarse un huerto y retirarse al campo. Por la tarde, nos pegamos al televisor para ver mi paso por “Pasapalabra”. Sigo siendo pobre, pero al menos mi participación en el rosco no fue tan desastrosa como recordaba.
La primera vez sufrí, pero con el tiempo mis piernas se han hecho más fuertes y el trayecto de vuelta a casa desde la entrada de la urbanización me va costando cada vez menos. Todavía me bajo de la bicicleta al llegar a la cuesta más empinada, pero el día en que la suba de un tirón estaré en condiciones de disputar la Flecha Valona. Cuando paso cerca del campo de equitación, siempre veo a una mujer sobre su caballo, cabalgando tranquilamente. Al verla, no puedo dejar de acordarme de Betty Draper y me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado mi vida desde que abandoné el centro de Madrid y me trasladé a esta urbanización de mansiones dondes los jabalíes y zorros (y los armadillos y los koalas, dicen algunos) atraviesan las calles y se cuelan en los jardines.
Cuando hace buen día, puedo salir al jardín a desayunar mientras el perro juguetea con el perro del vecino a pesar de que les separa una valla y el gato exige mimos matutinos. Las macetas que antes adornaban el alfeizar de mi ventana reposan ahora en unos escalones. Algunas de ellas han florecido, otras lo harán pronto. Después navego por las redes sociales o practico la alquimia con el Ipad hasta que llega la hora de bajar al gym. Si no me apetece ir en bicicleta, cojo el bus. El conductor ya me conoce y me saluda amablemente. Los veintipico minutos que dura el trayecto los dedico a escuchar música. El gimnasio de la urbanización vecina es pequeño pero lo tengo para mí solo. Mi monitor me ha hecho una buena tabla y con un poco de esfuerzo por mi parte luciré abdominales este verano en la piscina. Notarme más fuerte hace que me sienta mejor.
Por las tardes he estado haciendo un curso. He aprendido cosas nuevas y he conocido otras visiones sobre lo que es estar en el paro. He descubierto también que el café en los 100 montaditos sólo cuesta un euro. A veces, antes de ir a clase, quedo con mis amigos para comer. A veces, después de ir a clase, quedo con mis amigos para cenar. O voy con Diego a nuestro nuevo cine favorito, los Manoteras. Entre semana están desiertos, las pantallas son enormes y el precio de las entradas es más que razonable. En algunas ocasiones no he ido al curso porque he estado trabajando como figurante en una teleserie o porque he participado en un par de concursos de televisión con suertes muy distintas. Ha sido divertido.
Y si no hay ningún plan, vuelvo a casa en el semivacío autobús nocturno mientras veo cómo las luces de los aviones se confunden con las estrellas en el cielo de Madrid. Por las noches abrazo a Diego y, a veces, si él se duerme antes, juego a sincronizar nuestras respiraciones y en seguida me duermo yo también.
Chico listo, tienes un ojo puesto en el reloj para comprobar que ahora no estás perdiendo el tiempo, ¿verdad? No eres como esos otros, que sólo ocupan un espacio desperdiciado. Por eso tengo ahora todo el tiempo del mundo, para ti. Puedes coger estas horas y hacer como que encajas con todos mis días, y yo te cogeré de la mano y te diré: “Haz lo que quieras conmigo, y deja que todo el mundo vea que estoy enamorado otra vez”. Has cambiado mi mente, me has tomado por sorpresa. Sí, estoy enamorado otra vez.
Chico listo, tienes tu mano junto a la mía, no dejes que me pierda de vista. Puedes coger las palabras directamente de mis labios y hacer con ellas lo que quieras, yo voy a seguir aquí. Porque, te lo digo otra vez, puedes hacer conmigo lo que quieras, puedes hacer que todo el mundo sepa que me he enamorado otra vez. De ti.
Hoy hace cinco años que Diego y yo nos vimos por primera vez. Y en ese momento, yo empecé a enamorarme otra vez. De él.
“¿Cuándo volverá todo a la normalidad?”, se pregunta Roger Sterling en el tercer episodio de la más reciente temporada de “Mad Men”. La juventud enloquece con los Rolling Stones, los negros exigen igualdad de derechos, los empleados a los que antes se miraba por encima del hombro empiezan a volverse exigentes e irrespetuosos, la sociedad está cambiando, ciertos valores dejan de tener vigencia… Y el espectador, desde su butaca y la perspectiva que da estar en 2012 y no en 1966, sabe que para desgracia de Roger, las cosas no van a volver nunca a la normalidad.
¿Cuándo volverá todo a la normalidad?, se pregunta tanta gente en la actualidad. ¿Cuándo volverá la economía a funcionar? ¿Cuándo recuperaremos nuestros trabajos o nuestro poder adquisitivo? ¿Cuándo volverá la gasolina a tener el precio de antes? ¿Cuándo volveremos a ser ricos? ¿Cuándo volveremos a no preocuparnos por los problemas de países tercermundistas? ¿Cuándo volverá Europa a ser el centro del mundo? La mujer que viene del futuro, en vez de traernos lejía, nos debería decir la verdad: las cosas no van a volver nunca a la normalidad.
Hasta ese momento, todo iba bien. Mis compañeros motoristas me habían sacado de apuros en las situaciones más complicadas del trayecto, pero ahora era mi turno. Estaba solo ante el peligro, rodeado de ojos curiosos y focos de colores. Empecé a sentir el calor. No encontraba un lugar donde fijar mi mirada. Pero, a pesar de todo, estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, quizás. Había conseguido una ligera ventaja sobre mi rival y esperaba poder demostrar que no había llegado hasta ahí por casualidad.
Comenzó la prueba definitiva. Los dos primeros obstáculos los superé sin problemas. Llegó el turno del otro jugador y éste empezó a vomitar respuestas. Su velocidad me descolocó y mi mente trató de acelerar su ritmo. Seguramente, éste fue mi primer error. El tercer y cuarto obstáculos los reservé para más adelante, pero el quinto ni siquiera lo llegué a comprender. En el sexto mi boca fue más veloz que mi cerebro y cometí un innecesario error. Mi rival ya comenzaba a sacarme una considerable ventaja, pero yo estaba decidido a pelear hasta el final. Sin embargo, empezaba a sentirme incómodo y una parte de mi mente, poco a poco, empezaba a evadirse del lugar. Confundí un obstáculo con otro y las respuestas dejaron de llegarme a la mente. Un despiste en un sufijo me costó un segundo error. Y al llegar al tercer fallo, mi rival estaba tan cerca de la meta que ya no podía superarle. Todo el tiempo que aun me quedaba era inútil. Me retiré con una sonrisa y un encogimiento de hombros, aunque por dentro me sentí muy decepcionando conmigo mismo. Sabía que la misión era casi imposible, pero me dio rabia no haber brillado tanto como hubiera podido.
Y dentro de unas semanas, lo podréis ver en vuestras pantallas de televisión.
Hace unos días salía de la oficina del INEM donde había ido a solicitar la renovación de mi prestación después de haber conseguido trabajar un día como figurante, cuando sonó mi teléfono. Era una excompañera de mi antiguo trabajo, en mi misma situación de desempleo, que me llamaba para darme una noticia: a nuestro jefe de personal le habían apartado de sus funciones como consecuencia, entre otras cosas, de la selección tan arbitraria que hizo a la hora de renovar a unos y mandarnos a otros a la calle. Me lo contaba como si fuera una gran noticia y yo no pude dejar de acordarme de esa escena de “El Mago de Oz” en la que los munchkins cantan esa alegre tonadilla. Ding Dong, the witch is dead y la justicia universal funciona.
Hace unos días estaba en una comida familiar y uno de los asistentes nos comentó que sus superiores le habían mandado despedir a un par de personas de la empresa y que era una decisión tremendamente difícil. ¿A quién elegir? Evidentemente, siempre es peor para la persona que se va al paro, pero yo no querría tener que verme en ese tipo de situaciones. Hay tantos trabajos en los que es difícil valorar la eficacia del trabajador que parece inevitable guiarse por criterios arbitrarios y subjetivos. ¿Cómo evitar dejarse llevar por los prejuicios y las preferencias personales cuando todos lo hacemos a la hora de juzgar a las personas? ¿Cómo ser justo con todo el mundo?