FROM THE TOP!
Friday, September 3rd, 2010Este verano, como tarea para las vacaciones, decidí darle una segunda oportunidad a “Glee”. Diego y yo vimos los dos primeros episodios en primavera y no nos terminó de convencer. Al Acompañante Habitual le molestó, sobre todo, que en los números musicales el playback se notaba más que en un festival escolar de fin de curso (”Gold Digger” se lleva la palma). A mí me desconcertó el tono de la serie: a ratos parecía una comedia sobre ciertos tópicos de la América Profunda, recordándome en ocasiones a “Me llamo Earl” (cesped artificial, animadoras presidentas del Club de Celibato, atropellos cómicos), mientras que en otros no podía evitar pensar en “High School Musical” y similares (”Nunca dejes de creer”).
Una vez vistos varios episodios seguidos, llegué a la conclusión de que “Glee” pretendía ser una parodia de las series de instituto, con personajes extremos, toques de humor negro y una visión ácida del mundo, para terminar convirtiéndose en un homenaje a lo que quería parodiar, añadiendo algo de dimensión a los personajes (hasta Sue Sylvester tiene su lado humano), tomándose en serio los dramas planteados en las tramas iniciales y limitando el humor surrealista a pequeñas pinceladas. Durante los trece primeros episodios, hay momentos realmente brillantes que consiguieron emocionarme y que justifican las buenas críticas y los premios conseguidos por la serie.
De todas formas, hay que reconocer que después del parón invernal, a los guionistas les ha costado recuperar el nivel: la estructura de los episodios, basada en “esta semana tenéis esta tarea para el coro”, resulta repetitiva y termina recordando a las galas temáticas de “American Idol” (Esto no es tan raro, ya que la serie se estrenó en la franja horaria que sigue al reality. De hecho, los creadores de la serie han declarado que el éxito de “American Idol” convenció a los ejecutivos de la Fox para apostar por una serie de temática musical). Algunos personajes secundarios, una vez resueltas las tramas en las que participaban, han perdido su razón de ser y prácticamente han desaparecido. Además, los guionistas no retomaron bien algunas tramas, como recuperar la Tensión Sexual no Resuelta entre Will y Emma, y algunas han sido desarrolladas mal o muy mal (la evolución de la relación entre Rachel y Jesse es horrenda. Y el personaje de él tiene muy poca coherencia). Sin embargo, confieso que el final de la serie me sorprendió (aunque si uno piensa que la serie ha renovado para dos temporadas más, resulta bastante lógico).
En lo que respecta a los números musicales, hay que reconocer que han ido mejorando. Me gusta que los responsables de la serie se atrevan con todo tipo de estilos y no tengan miedo en escoger canciones un tanto olvidadas o de géneros completamente pasados de moda, como el AOR o temas de los ochenta. Quizás sea una de las razones por las que este número se ha convertido en uno de mis favoritos de la serie.
En cambio, cuando la trama incluye éxitos recientes, uno teme que “Glee” termine convirtiéndose en un escaparate comercial de canciones. El hecho de que la BSO de la serie haya sido un éxito en ventas (cuando en realidad no se diferencia mucho de nuestros entrañables discos de versiones de OT, mashups aparte) y que varios artistas estén deseando que sus temas aparezcan en ella no es muy buena señal…



