PELO AZUL
Monday, August 31st, 2009Estos días he estado poniendo orden en cajones y estanterías y en el proceso he ido encontrando tesoros muy variados. He de reconocer que algunos ponen de manifiesto un incipiente síndrome de Diógenes, como el hecho de que he ido guardando todas las entradas de cine desde el año 1999, así como las de los conciertos a los que he ido y los programas de las obras de teatro que he visto, desde 1995 y 1993 respectivamente. Otros en cambio revelan mi tendencia al mal gusto musical (guardó muchas más cosas de OT de las que suponía) o cierto despiste personal: ¿alguien quiere fotos de Alicia Silverstone o Elizabeth Berkley? ¿Ver como era Nicole Kidman antes de hacerse adicta al botox? También tengo guardadas entrevistas a Alejandro Amenábar, Ralph Fiennes y Nicholas Cage cuando aun tenía pelo y buen criterio profesional.
La verdad es que me pasé un buen rato releyendo viejas cartas, curioseando mis notas de la Selectividad y reordenando papelotes y objetos variados. Cuantos recuerdos se pueden guardar en tan poco espacio. Por ejemplo, éste:

¿Qué es esto? ¿Tempera de cuando quise ser artista de vanguardia? Pues no, las artes plásticas las abandoné cuando en sexto de EGB mi profesor me dijo que dibujaba como un niño. Este frasco contiene tinte para el pelo de color Azul Atlántico. Lo compré en un mercadillo de Amsterdam durante el viaje de estudios de segundo de carrera. Por supuesto, nunca me atreví a usarlo y no sólo porque, al destaparlo, uno supone que un minuto después de ponérselo en el pelo, éste se vaya a caer a mechones y quedemos condenados a la alopecia eterna.

En mi imaginación, yo me visualizaba perfectamente con el pelo azul y me quedaba estupendamente, original, divertido, llamativo, diferente. Acto seguido, la parte realista de mi cerebro me hacía visualizar la cara de extrañeza de mis amigos, la gente señalándome por la calle, los murmullos y las risas a mi paso, el discursito materno de turno, el terror en los ojos de mi abuela… y volvía a guardar el frasco en el cajón, resignado a seguir siendo el mismo personaje anodino de siempre. Sin embargo, siempre lo guardé esperando a que llegara la ocasión de usarlo.
Ahora ya sé que no lo usaré nunca. Supongo que he aprendido, por un lado, que ciertas cosas quedan mejor cuando se quedan en el campo de lo soñado y, por otro, que uno no necesita teñirse el pelo de azul para ser especial. Así que, en vez de tirarlo, he guardado otra vez el frasco en el cajón para que me recuerde estas lecciones vitales.
Y oye… nunca se sabe cuando uno va a necesitar un tinte de pelo de color Azul Atlántico.



