El lunes comenzó de verdad la temporada navideña con la fiesta de la empresa. Este año la cambiaron de fecha, vino menos gente y hubo menos discursos. Por lo demás, todo siguió la rutina habitual: canapés en un hotel, copas y baile en otro que está a cincuenta metros. El pincha puso prácticamente las mismas canciones que todos los años, pero da igual, siempre es divertido bailar el Y M C A dibujando con los brazos las letras en el aire. Eso sí, el momento más surrealista, considerando para quien trabajo, fue cuando comenzó a sonar la Salve Rociera, oleoleolé.
Lo mejor de la noche fue echar unas risas con antiguas compañeras que han dejado el trabajo en busca de nuevos horizontes y poder saludar a mi compañera de mesa, a la que no veía desde que dio a luz por sorpresa (por sorpresa porque se le adelantó el niño unas cuantas semanas, no porque no supiera que estaba embarazada). Como todas las madres recientes, estaba radiante. Es curioso, pero últimamente hay varias mujeres a mi alrededor que han dado a luz hace poco o están embarazadas. Debe de ser cosa de la edad. Primero toca ir a bodas, luego llegan los bautizos. O por lo menos, los sms con fotos de bebés sonrosados.
Hoy hemos hecho un lunch en la planta con embutidos, queso, paté y mucho vino. Alguno se ha traido la gaita y otros se han arrancado a cantar y a bailar. Luego ha habido reparto de regalos. Este año no habrá cesta “oficial” del trabajo, pero sí por lo menos una cestita y una botella de rioja. No está mal.
Este fin de semana quedan dos cenas más, y después Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo, cenita con los primos, cenita con la cuadrilla pamplonesa, roscón de Reyes… Menos mal que enero viene en cuesta y haremos algo de ejercicio extra.